viernes, 5 de julio de 2013

El subterraneo



Eran las once cuarenta y cinco de la noche cuando el tipo subía los últimos peldaños de las escaleras del metro. Había apresurado el paso debido a la ligera llovizna que comenzaba a caer.
“Espero alcanzar el último metro…”.
Arrojó el medio cigarrillo que fumaba a un charco que se formaba a los pies de la máquina expendedora de boletos.
“Tssssss..” alcanzó a escuchar a sus pies como se apagaba, sin prestar mucha atención mientras sacaba monedas de su bolsillo.
Con una velocidad muy práctica tomó el boleto, pasó por la entrada y subió de dos en dos los últimos escalones.
El andén se encontraba vacío de su lado, y solamente logró distinguir a dos personas en el andén de enfrente. Una de ellas parecía estar leyendo, pero a la otra no conseguía apreciarla muy bien.
Varias lámparas estaban fundidas, o quizá apagadas por la hora que era, y todo estaba en silencio ahí arriba, en la estación Hospital del metro de Monterrey.
Lo único animado era la pantalla de anuncios, que no emitía sonidos, pero sí luces intensas que se reflejaban en los pequeños charcos del andén. Lo cual provocaba cierto efecto irreal y psicodélico en el ambiente.

El tipo escuchó a su derecha el claxon del metro que se aproximaba. Era el del otro andén, sin embargo, se sintió aliviado pues ya no tardaría en pasar el suyo.
El convoy de vagones se detuvo en el andén de enfrente, y pudo observar que venía casi vacío. “Qué extraño…” pensó, pues creyó haber leído la palabra “ARRIBA” en el primer vagón, pero no le dio mucha importancia. Las pocas personas que lo tripulaban iban dormidas, o meditabundas, se les veía cansadas. El metro cerró las puertas y se fue tocando el claxon, dejando también vacío el andén de enfrente.

Ahora nuestro tipo se encontraba totalmente solo en la estación. Se sentó en una banca, se levantó y caminó lentamente de un lado para otro, hasta que comenzó a desesperarse. Estaba a punto de lanzar una exclamación de impaciencia cuando repentinamente se apagaron todas las luces, y el silencio se acentuó profundamente. El único sonido que llegaba tenuemente a sus oídos era el de la ligera llovizna caer sobre el techo de la estación.
“Mi puta suerte” pensó, y luego lo gruño entre dientes, y se encaminó a bajar las escaleras para salir de la estación y buscar otro medio de transporte. Iba a media escalera cuando escuchó el claxon del metro, seguido del ruido que hacen los vagones al aproximarse. Se regresó corriendo y un poco entusiasmado por la salvación, pero al llegar al andén observó que el convoy venía apagado, y la oscuridad no le permitió distinguir al chofer.
Sin embargo, el metro se detuvo, y las puertas se abrieron, mostrándole una oscuridad aún más profunda.
El tipo vaciló unos momentos, después un impulso irresistible lo hizo dar un paso adelante. Ya no pudo ver nada. Las puertas se cerraron en la oscuridad y el metro se fue.