Eran las once
cuarenta y cinco de la noche cuando el tipo subía los últimos peldaños de las
escaleras del metro. Había apresurado el paso debido a la ligera llovizna que
comenzaba a caer.
“Espero alcanzar
el último metro…”.
Arrojó el
medio cigarrillo que fumaba a un charco que se formaba a los pies de la máquina
expendedora de boletos.
“Tssssss..”
alcanzó a escuchar a sus pies como se apagaba, sin prestar mucha atención
mientras sacaba monedas de su bolsillo.
Con una
velocidad muy práctica tomó el boleto, pasó por la entrada y subió de dos en
dos los últimos escalones.
El andén se
encontraba vacío de su lado, y solamente logró distinguir a dos personas en el
andén de enfrente. Una de ellas parecía estar leyendo, pero a la otra no
conseguía apreciarla muy bien.
Varias lámparas
estaban fundidas, o quizá apagadas por la hora que era, y todo estaba en
silencio ahí arriba, en la estación Hospital del metro de Monterrey.
Lo único
animado era la pantalla de anuncios, que no emitía sonidos, pero sí luces
intensas que se reflejaban en los pequeños charcos del andén. Lo cual provocaba
cierto efecto irreal y psicodélico en el ambiente.
El tipo
escuchó a su derecha el claxon del metro que se aproximaba. Era el del otro
andén, sin embargo, se sintió aliviado pues ya no tardaría en pasar el suyo.
El convoy
de vagones se detuvo en el andén de enfrente, y pudo observar que venía casi
vacío. “Qué extraño…” pensó, pues creyó haber leído la palabra “ARRIBA” en el
primer vagón, pero no le dio mucha importancia. Las pocas personas que lo tripulaban
iban dormidas, o meditabundas, se les veía cansadas. El metro cerró las puertas
y se fue tocando el claxon, dejando también vacío el andén de enfrente.
Ahora
nuestro tipo se encontraba totalmente solo en la estación. Se sentó en una
banca, se levantó y caminó lentamente de un lado para otro, hasta que comenzó a
desesperarse. Estaba a punto de lanzar una exclamación de impaciencia cuando
repentinamente se apagaron todas las luces, y el silencio se acentuó
profundamente. El único sonido que llegaba tenuemente a sus oídos era el de la
ligera llovizna caer sobre el techo de la estación.
“Mi puta
suerte” pensó, y luego lo gruño entre dientes, y se encaminó a bajar las
escaleras para salir de la estación y buscar otro medio de transporte. Iba a
media escalera cuando escuchó el claxon del metro, seguido del ruido que hacen
los vagones al aproximarse. Se regresó corriendo y un poco entusiasmado por la
salvación, pero al llegar al andén observó que el convoy venía apagado, y la
oscuridad no le permitió distinguir al chofer.
Sin
embargo, el metro se detuvo, y las puertas se abrieron, mostrándole una
oscuridad aún más profunda.
El tipo
vaciló unos momentos, después un impulso irresistible lo hizo dar un paso
adelante. Ya no pudo ver nada. Las puertas se cerraron en la oscuridad y el
metro se fue.

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