El pasillo le pareció tan asfixiante que tuvo urgencia por
estar al aire libre.
Conforme avanzaba, el corredor se cerraba cada vez más, se
hacía angosto y el suelo y el techo exhalaban un vapor sofocante. Estaba
mareado y a punto de desmayarse. Sus piernas se hicieron pesadas y las sintió
como si fueran de goma. Se estaba derritiendo. Volteó y vio en el suelo pedazos
derretidos de él mismo que quedaron como huellas de fango. Humeaban. Se le
empezaron a escurrir las manos en espesas gotas que caían al piso como la cera
de una vela. Cuando se la cayó la cabeza perdió el conocimiento.

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