La luna congelada se reflejaba en las aguas de una playa negra. Hacía un frío que partía la carne.
Arropado en su tosca gabardina, la cuál le cubria la mitad de la cara, el hombre caminaba de prisa. Sus pasos resonaban fuertes sobre los tablones del muelle.
Las gotas de brisa le golpeaban las endurecidas mejillas, inyectandole pequeñas dosis de dolor rojo.
Su mirada grisacea se posaba en la madera que pisaba sin prestarle atención.
Quería echarse a correr para llegar pronto a la habitación y bañarse con agua caliente, pero temía levantar sospechas.
Llevaba las manos escondidas en las bolsas de la gabardina, los brazos tensos por el frío. Solo sus piernas estaban vivas, eran una maquina sincronizada que no se detendría hasta completar su objetivo programado, llegar a un lugar calido.
Sin reducir el paso volteó hacía atrás. Al ver el agua negra se imagino a algún monstruo acechando. Viendolo desde abajo de la superficie, nadando lentamente y en silencio.
Se sacudió la visión y apresuró el paso.
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